Vida en soledad

Familia cartujana

Nacer en una nueva familia espiritual

 

Ingresar en un monasterio cartujano es nacer en una nueva familia. Es decir, entramos a formar parte de un grupo de personas que se saben convocadas por una llamada divina para llevar a cabo una vocación exigente. Esta familia, pues, es obra de Dios, está reunida en nombre de Cristo y vivificada por la fuerza de su Espíritu. Unida con unos lazos que estrechan a los miembros entre sí, un alegre espíritu de familia proporciona el ambiente humano que permite a cada miembro comulgar en la vida de Cristo. Cada miembro de esta familia desempeñamos nuestra función al servicio de todos.

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Pero esa unidad familiar, esa iglesia doméstica, no excluye la diversidad de funciones que distingue dos modalidades de la misma vocación.

La Orden de San Bruno “desde sus orígenes, como un cuerpo cuyos miembros no tienen todos la misma función, comprende Padres y Hermanos. Tanto unos como otros son monjes, y participan de la misma vocación, aunque de manera diversa. Gracias a esta diversidad, la familia cartujana puede cumplir más perfectamente su misión en la Iglesia. Los monjes del claustro [Padres] viven en el retiro de sus celdas y son sacerdotes o llamados a serlo. Los monjes Hermanos consagran su vida al servicio del Señor no sólo por la soledad, sino también por una mayor dedicación al trabajo manual”.

Esta diferencia no impide que en el monasterio todos seamos uno en Cristo, tengamos el mismo fin, gocemos de los mismos beneficios y derechos y estemos sujetos a las mismas obligaciones, excepto las que provienen del sacerdocio.

Padres

 

En nuestro retiro, los monjes ocupamos gran parte del día en ejercicios espirituales: rezo del Oficio divino y del de la Santísima Virgen, oración personal, lectura espiritual, estudios teológicos y espirituales.

Pero esas ocupaciones espirituales e intelectuales están sabia y armoniosamente entreveradas con trabajos manuales, cuya finalidad viene así indicada en los Estatutos de la Orden:

Mantener al monje en un sano equilibrio físico y psíquico; servir a la Comunidad, según las posibilidades de cada uno; someter al monje a la ley universal del trabajo, y proporcionarle ocasión de imitar al Hijo de Dios, que quiso trabajar con sus propias manos.
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Entran en estos trabajos individuales: el cuidado y limpieza de la propia celda; el cultivo del huerto o jardín; pequeñas obras de carpintería, torno, artesanía, pintura, encuadernación de libros; y otros trabajos o servicios necesarios. El monje debe procurar bastarse a sí mismo cuanto sea posible y estar dispuesto a colaborar en las actividades de la familia monástica y a tomar parte en la formación y atención espiritual de sus hermanos. No hay tiempo para aburrirse, más bien, una queja frecuente es que nos falta tiempo para realizar los planes.

Los monjes del claustro no trabajamos juntos ni fuera de la propia celda, salvo algunas excepciones. También solitarios en nuestra ermita tomamos las comidas, excepto las del mediodía de domingos y festivos, que son en el refectorio común, mientras, según antigua y sana costumbre, se lee algún buen libro. Debemos emplear provechosamente el tiempo de que disponemos. Un horario, organizado con amplitud, impide desperdiciar un tiempo que está disponible para servir y dar gloria a Dios. Salvo para los rezos del Oficio, que se hacen a toque de campana todos al mismo tiempo, hay flexibilidad para que cada uno distribuya su jornada.

Hermanos y Donados

Crecemos interiormente cuando servimos a Dios y cuidamos a los hermanos.

 

La diferencia entre la vida del Hermano y la del monje del claustro, consiste en el modo de realizar cada uno la vocación contemplativa propia de la Cartuja. Los monjes del claustro (Padres) tienen, como carisma peculiar, más tiempo de vida solitaria en su ermita y más estudio; los Hermanos hacen del trabajo manual su camino propio, convirtiéndolo en oración.

“Los Hermanos, imitando la vida escondida de Jesús en Nazaret, mientras realizan los trabajos diarios de la Casa, alaban al Señor en sus obras, consagrando el mundo a la gloria del Creador y ordenando las ocupaciones naturales al servicio de la vida contemplativa; mas en las horas consagradas a la oración solitaria, y cuando asisten a los Oficios divinos, se dedican a Dios por entero”.

 
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De este modo, aunque no tengan el sacerdocio ministerial, los Hermanos realizan de manera especial el sacerdocio de los fieles, ofreciendo a Dios su vida, la alabanza de sus obras y los ofrendas espirituales que lleva consigo una existencia “escondida con Cristo en Dios”.

En un monasterio cartujano, donde se vive en pobreza y escasean las relaciones con el exterior, todos los oficios pueden ser útiles: carpintero, herrero, fontanero, electricista, sastre, cocinero, labrador, quesero, etc., etc. No es que sea imprescindible poseer un oficio para entrar como Hermano; no es raro aprenderlo en el monasterio.

Entre los Hermanos se encuentran también los Donados, monjes que, sin pronunciar votos públicos, se comprometen ante Dios a servirle en la Orden viviendo en pobreza, castidad y obediencia. Los donados pueden hacer votos en privado. Son Hermanos “dotados de costumbres propias en cuanto al Oficio Divino y a las demás observancias. Estas costumbres se pueden adaptar a las necesidades de cada uno, de modo que les permita vivir, según su camino personal, nuestra vocación de unión con Dios en la soledad y el silencio”.

La jornada del Hermano

Está integrada por un conjunto armónico y equilibrado de actividades espirituales y materiales. Los Hermanos tenemos, en nuestras celdas, tiempos de oración litúrgica y oración personal, de lectura espiritual y de lecturas formativas.

Participamos de la triple reunión comunitaria en la iglesia al lado de los Padres. Podemos, también, desempeñar los oficios de Acólito y de Lector en la Santa Misa Conventual y de lector y cantor solista en Maitines. Pero disfrutamos de amplia libertad en la manera de rezar, según la forma de ser de cada uno.

Empleamos unas cuatro horas al día en trabajos materiales y, dentro de lo posible, guardando recogimiento y conciencia de la presencia de Dios. Los Estatutos recomiendan mantener vivo el espíritu de la oración por medio de jaculatorias (oraciones breves y rápidas, como una mirada al Cielo), e incluso interrumpir a veces el trabajo con breves momentos de oración. Asimismo, podemos dedicar un día laborable al mes a retiro espiritual.

Los domingos y festivos los Hermanos nos consagramos a la oración y la lectura en nuestra ermita y al rezo del Oficio Divino en la iglesia. Estos días son de retiro espiritual para los Hermanos, donde experimentamos de modo más intenso nuestra vocación de monjes contemplativos consagrados a Dios y su realidad.

Monjas cartujas

Una Orden con rama femenina de espíritu idéntico.

 

La Cartuja cuenta también, casi desde sus mismos comienzos, con una rama femenina, siempre ligada a la masculina, de la que recibe apoyo y ayuda espiritual y material. Un Padre cartujo, residiendo en cada monasterio femenino, asegura la celebración diaria de la Santa Misa, el sacramento de la Penitencia y la dirección espiritual de las monjas cartujas.

La finalidad, el espíritu y los medios empleados son idénticos en ambas ramas. Elemento primordial de la observancia cartujana, la soledad conserva también entre las monjas su lugar preponderante. Éstas, al igual que los monjes cartujos, viven una vida esencialmente eremítica, equilibrada con tiempos de vida común.

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La Liturgia comunitaria de las monjas consiste en los Maitines y Laudes a medianoche, la Santa Misa Conventual por la mañana y las Vísperas por la tarde.

La rama femenina realiza su vocación, también, bajo dos modalidades: monjas del claustro y Hermanas (conversas y donadas). Hoy como ayer, cada una de estas modalidades sigue teniendo su razón de ser. Hay almas, en efecto, que para ofrecer a Dios el don total de sí mismas sienten la necesidad de consagrarse a Él en la intimidad de la soledad; otras, en cambio, sintiendo idéntico deseo de entrega a Dios en la soledad, necesitan que este don de su vida se encuadre en el marco de una existencia sencilla y laboriosa. A diversidad de almas, diversidad de caminos.

Ambas modalidades de la vocación cartujana se complementan mutuamente y confieren al monasterio una atmósfera de equilibrio y armonía. Las monjas del claustro se encargan, en lo posible, de aquellos trabajos que pueden ser realizados en la soledad, mientras que las Hermanas ejecutan los restantes trabajos de la casa.

Por un antiquísimo privilegio, las hijas de San Bruno profesas solemnes reciben, si lo desean, en respuesta a una llamada especial del Señor, de manos del Obispo diocesano, la consagración virginal, expresiva ceremonia que simboliza la unión de la religiosa con Cristo, su celestial Esposo.

Las monjas cartujas habitan en ermitas con su jardín. Tienen los domingos una recreación en común y una vez a la semana un paseo en común por los parajes del monasterio. Como monjas consagradas a una vida contemplativa, guardan con esmero la clausura papal.

Las etapas de desarrollo de la vocación cartujana en la rama femenina coinciden casi totalmente con las de la rama masculina.

La edad de admisión para las monjas cartujas es de los 20 a los 35 años de edad. Si alguna aspirante ha superado la edad máxima de admisión, se podrá eventualmente pedir un permiso especial para que pudiera ser admitida.